Sin Perdón

Llovía a mares. El terreno arcilloso de Broker City se tornaba embarrado hasta resultar difícil andar sobre él sin resbalar. Joe el "Rubio" permanecía impasible anclado en un extremo de la calle principal. Las luces de la cantina lanzaban brillos intermitentes sobre los charcos que se acumulaban en la puerta. Las botas del Rubio se hundían camino de las voces que salían de la cantina como una música sin compás.

Estaba allí por las voces. La escopeta cargada sudaba la lluvia desde el cañón en forma de sonoras gotas sobre la madera del porche de entrada. Antes de agarrar el pomo de la puerta pudo reconocer alguna de ellas. Seguían con la misma cantinela y las acciones de todos los años. Continuaban recomendando los valores que cargaban de oro sus alforjas. No lo soportaba. Las haría callar.


La puerta se abría. Su chirriar anunciaba la visita a los vociferantes y alcoholizados clientes. Protegidos de la lluvia y sonriendo su negocio floreciente. Los ojos de los que aún no habían quedado aturdidos por el tequila giraban mínimamente tratando de encontrar en el umbral a algún rezagado del festín. Sus ojos volvieron a la rutina mientras que, en unas décimas de segundo, sus cerebros interpretaban que aquel hombre embutido en un abrigo oscuro y cuyo sombrero apenas hacía visible su rostro... aquel hombre no era uno de los suyos.

Joe los encañonó por orden de movimiento. Los más despiertos fueron los primeros en reaccionar y los primeros en caer. Avanzaba hacia el resto mientras las balas de los revólveres silbaban en un baile desordenado entre las miradas de sorpresa de aquellos que se creían protegidos. El comisionado jefe cayó como un saco de grasa pestilente sobre la mesa en la que se repartían la carnaza. Los cartuchos no se desperdiciaban. No quedó un gramo de plomo sin destinatario. Las voces callaron. La lluvia continuaba corriendo por el barro de Broker City. Las botas de Joe volvían a hundirse en la calle camino de su caballo.

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